El peso de lo vacío— Cuento corto sobre la paternidad y el sacrificio

 

Ilustración de un hombre caminando de noche bajo la lluvia con una mochila vacía.


Caminando cuesta arriba con la mochila llena de regalos por entregar, tenía un solo objetivo: ver sonreír a las dos personas que le importaban más que su propia vida. No tenía más felicidad en los bolsillos; se gastó todo lo que sus fuerzas le habían dado en dos trozos de madera en forma de juguetes. Pensaba que bastarían para alegrarlos, y así fue. Pasó horas jugando con ambos, con la dicha de quien sabe que ha dado todo lo que tenía.

Dijo «buenas noches» con la sonrisa que lo caracterizaba al ver a esas dos personas que llenaban su corazón con un inmenso amor. Salió con el corazón hinchado, los latidos fuertes y los ojos llenos de las sonrisas de los dos niños. Bajó al paso de alguien que no se quiere ir, con la mirada puesta en el camino que le tocaba recorrer: no era muy largo, pero sí lo suficientemente profundo como para sentirse eterno.

Los primeros pasos fueron fáciles de dar; los siguientes, más pesados. Dejaba atrás algo que no podía irse con él, ni él quedarse para disfrutarlo. Su pecho se deshinchaba a cada tramo. La mochila vacía parecía pesar más que cuando llegó; se sentía más grande, y él, más pequeño. Le faltaba el aire y le sobraban pensamientos oscuros sobre la realidad; la luz de las risas y las ocurrencias se había quedado allá arriba.

El camino parecía más oscuro de lo que era. Unas pequeñas gotas de rocío nocturno se sentían como un aguacero típico de invierno y no había un lugar donde refugiarse. La pequeña luz al fondo lo guiaba para poder llegar a su destino, al cual no quería arribar porque su alma se había quedado atrás.

Sus pasos eran pesados. Parecía que al darlos despertaba a quienes dormían en las casas a orillas del camino, pero en realidad nadie lo escuchaba: en parte caminaba y en parte se arrastraba.

A cada poco se detenía y no le encontraba sentido a seguir. No quería llegar a ese lugar lleno de gente, de recuerdos y de las cargas que tenía que ponerse a diario; pero tampoco podía regresar, porque la puerta se había cerrado y no abriría sino hasta dentro de muchas horas. ¿Para qué seguir avanzando? ¿Para qué regresar? «¡Tampoco quiero que nadie me vea aquí y le cause risa o desprecio! Lo mejor sería poder volar hacia ese cielo negro con nubes gris oscuro que desde hace mucho me llaman», se dijo.

Hacía tiempo que pensaba en decir que ya no volvería aquí y que ya no llegaría allá. El camino parecía eterno. Tocó en la puerta de algunas casas para pedir algo de comer y ganar energía, pero a pesar de que se veía luz adentro, nadie atendió al llamado. Insistió, pero nadie abrió. Parecía estar atrapado en una noche cada vez más fría y oscura. La lluvia cayó y una correntada lo empujó hasta la casa donde estaban los niños. Escuchó que reían y que eran felices, pero los regalos que llevó estaban en la puerta: no era eso lo que los hacía dichosos. Sus risas eran como agua para su cuerpo; en parte lo animaban y en parte lo ahogaban. Sabía que debía levantarse y quitarse la oscuridad de los ojos, porque en unas horas podría volver a ser parte de esa alegría.

Como pudo se levantó. Tardó cien lunas en llegar a su casa. Con cansancio en el cuerpo y dolor en el alma, arrastró los pies hasta su cuarto, al cual entró en silencio. Se quitó la ropa empapada y la dejó en el piso junto a sus deseos de continuar dándolo todo; se puso algo seco, ropa rota que olía a lo que antes era bueno. Cuando apenas pudo recostar la cabeza en la cama dura y rechinante, salió el sol y un rayo le dio justo en la cara por la falta de cortina en la ventana. Tenía que levantarse e ir a trabajar, porque al quitarse la ropa encontró una lista de cosas que debía llevar a los ángeles que lo mantenían ahí. Así que sonrió, se lavó la cara y salió nuevamente al camino con la mochila vacía y el corazón lleno. Nadie sabía que no había descansado, nadie le preguntó si se sentía bien; solo le exigían que siguiera, porque eso era lo que debía hacer.

Horas después, cansado, con hambre y sed, iba caminando cuesta arriba con la mochila llena de regalos por entregar. Tenía un solo objetivo…


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